
Atravesaron un portentoso cañón, profundo y lleno de árboles titánicos. Había estatuas de piedra tan grandes como edificios y representaban figuras de animales fabulosos.
— ¿Quién hizo esas cosas?— preguntó Alexander.
—Gente que ya no vive aquí, se mudaron a otras islas voladoras y siguen construyendo grandes monumentos.
— ¿Para qué?
—Ni ellos mismos lo saben— dijo bajando la voz el alce.
—¡Debe ser divertido!, como jugar en la playa.
—Sí Alexander, hasta esas figuras tan grandes algún día desaparecerán, como lo hacen las olas con los castillos de arena.
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Joseín Moros, finalista en Andrómeda 2009